Marian Villaverde y Klinton arrancan un proyecto que antepone el bienestar del caballo al resultado, que enseña el proceso sin maquillarlo y que tiene a la familia en el origen del nombre.
Cuando Marian Villaverde habla de LV Equestrian, empieza por lo que no quiere que sea. No quiere una marca construida alrededor de su figura. «No quiero ser la protagonista de una historia en la que el caballo quede detrás de mí», dice. La amazona, que a los 52 años da el salto de la afición a la Doma Clásica profesional con el KWPN Klinton, tiene muy claro qué ideas sostienen el proyecto. Las repite con la misma convicción a lo largo de toda la conversación.
El caballo, primero
«Siempre digo lo mismo: el verdadero artista es el caballo». Villaverde parte de una observación sobre cómo se cuenta este deporte. Cuando se habla de grandes éxitos, el protagonismo recae casi siempre en el jinete o la amazona. Se recuerdan su nombre, su trayectoria y sus medallas, y el caballo queda, a su juicio, en un segundo plano. «Yo siempre he pensado que debería ser al revés, o al menos que ambos deberían recibir el mismo reconocimiento».
No le quita mérito al trabajo de quien monta. Reconoce la técnica, la sensibilidad, la comunicación y los años de entrenamiento que hay detrás de una buena reprise, y por eso se habla de binomio. Pero mantiene la jerarquía: «Yo no puedo entrar sola en una pista y realizar un passage, un piaffé o una pirueta al galope. Es el caballo quien tiene esa capacidad extraordinaria de convertir el movimiento en algo que parece arte». Y remata: «Nosotros, sin ellos, no podríamos hacer absolutamente nada de todo eso».
De ahí su deseo de que, si algún día llega el reconocimiento, se hable de ellos como equipo. «Me gustaría que dijeran: «Ah, Marian y Klinton»», explica. Por eso quiere que Klinton tenga su propio protagonismo y que la gente conozca su personalidad, sus cualidades y todo lo que aporta a esta historia. Lo resume en una frase que ya es lema del proyecto: «Él es el artista; juntos somos las estrellas».
Un gracias en voz alta
Esa idea se nota en lo cotidiano. Villaverde tiene una costumbre que mantiene desde el primer día que se subió a un caballo y que repite con cualquiera que monte: al terminar y bajarse, le da las gracias en voz alta y le da un beso.
«Para mí tiene muchísimo significado. Es mi manera de agradecerle que haya confiado en mí, que me haya permitido montarlo y que hayamos compartido ese momento», cuenta. Sabe que trabaja con un ser vivo que merece respeto, paciencia y agradecimiento.
Es también el criterio con el que quiere competir. Su idea de la Doma Clásica es aquella en la que «el bienestar, la confianza y la complicidad entre caballo y amazona estén siempre por delante de cualquier resultado».
Sin disfraz de éxito
La segunda gran línea del proyecto tiene que ver con cómo se va a contar. Villaverde no quiere aparentar lo que todavía no ha conseguido. Prefiere que quienes sigan su trayectoria vean la evolución tal como es, con los avances, las dificultades y los días en que las cosas no salen y hay que seguir trabajando.
«No quiero mostrar una historia de éxito construida para las redes sociales. Quiero compartir una historia auténtica que, con esfuerzo, constancia y muchísimo trabajo, quizá algún día llegue a convertirse en una historia de éxito», afirma.
Eso incluye enseñar cómo se forja la relación con Klinton. «Esa complicidad no aparece de un día para otro: requiere tiempo, paciencia, confianza y muchísimas horas de trabajo». «Quiero que cada reconocimiento, colaboración y oportunidad que pueda llegar en el futuro sea consecuencia del trabajo que hayamos realizado», añade.
Trabajo, constancia y humildad
Los valores que Villaverde considera innegociables son la humildad, el respeto, la constancia y el esfuerzo, y los lleva a la práctica. Se ha mudado unos 700 kilómetros desde el País Vasco para montar a Klinton a diario antes del traslado a Argentina. Trabaja con entrenadores personales la fuerza, la resistencia y el equilibrio, y hace fisioterapia para recuperarse de una lesión de hombro.
«No me preparo así por tener 52 años, sino porque cualquier deportista que aspire a competir a alto nivel necesita una preparación física adecuada, independientemente de su edad», comenta.
También entiende la elegancia desde este punto. «La elegancia no está solamente en cómo te presentas ante los demás, sino también en cómo trabajas, cómo tratas a tu caballo y cómo afrontas tanto los éxitos como las dificultades».
Las dos personas detrás de las letras
LV son las iniciales de Lapschies, el apellido de su marido, y Villaverde, el suyo. Para ella era importante que él estuviera presente en el nombre. Fue quien la animó a empezar a montar a los 43 años y quien, desde entonces, no ha dejado de apoyarla: en los viajes, en la búsqueda de caballos, en las decisiones importantes. Según cuenta, ha creído en ella incluso cuando ella dudaba, ha buscado soluciones cuando parecía imposible y ha hecho sacrificios enormes para que tuviera esta oportunidad.
La otra persona es su madre. Tiene 83 años y se quedó viuda con cinco hijos cuando Marian tenía siete. No pudo darle la oportunidad de montar a caballo, pero, dice la amazona, «me dio algo mucho más importante: su esfuerzo, su sacrificio y todo lo que estuvo en sus manos para que nunca nos faltara lo esencial». Ahora está pensando en viajar a Argentina para verla montar a Klinton.
Es la escena que Villaverde imagina cuando piensa en el futuro. Entrar en una pista con Klinton, hacer una reprise de la que sentirse orgullosa y encontrar entre el público la mirada de su madre y de su marido. «Una medalla es maravillosa, por supuesto. Pero hay algo que ninguna medalla puede sustituir: la emoción de mirar a las personas que más quieres y saber que están viviendo contigo aquello por lo que tanto habéis luchado». Y añade: «Los éxitos deportivos pueden quedar escritos en un historial, pero hay momentos que se quedan grabados para siempre en el corazón».
Para quien piensa que ya es tarde
El objetivo que más subraya es que su historia llegue a quienes, por la edad, por las circunstancias o por las dificultades que han tenido que afrontar, creen que ya no están a tiempo de perseguir un sueño. Ella misma empieza a los 52, y lo hace, dice, con mucha ilusión y con la humildad de saber todo lo que le queda por aprender.
Cuando piensa en qué le gustaría que evocara el nombre de LV Equestrian dentro de unos años, no habla de resultados. Habla de «una historia de esfuerzo, respeto, superación y amor por los caballos. Una historia construida con autenticidad, sin olvidar nunca de dónde venimos ni los valores que nos hicieron comenzar».
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