Montar a caballo sobre la nieve puede ser una experiencia única, pero también exige extremar la precaución tanto por la seguridad del jinete como por el bienestar del caballo. El primer aspecto a tener en cuenta es el terreno. La nieve puede ocultar placas de hielo, piedras o desniveles que aumentan el riesgo de resbalones. Por ello, conviene reducir la intensidad del trabajo, evitar giros bruscos y priorizar ritmos suaves, especialmente al inicio de la sesión.
El equipamiento también resulta determinante. Es recomendable utilizar herraduras con clavos o sistemas antideslizantes si el caballo va a trabajar habitualmente en estas condiciones. Además, revisar los cascos antes y después de la monta ayuda a prevenir la acumulación de nieve compactada, que puede provocar molestias o pequeñas lesiones. En el caso del jinete, una vestimenta térmica que no limite la movilidad y guantes con buen agarre en las riendas marcarán la diferencia.
Otro punto clave es el calentamiento. El frío afecta a la musculatura del caballo, por lo que se debe dedicar más tiempo a caminar relajadamente antes de exigirle un mayor esfuerzo. Del mismo modo, al finalizar la sesión, es aconsejable secar bien al animal y evitar corrientes de aire.
Por último, conviene escuchar al caballo. La nieve modifica sensaciones y apoyos, y algunos animales pueden mostrarse más inseguros. Adaptarse a su ritmo y mantener una comunicación constante permitirá disfrutar de la monta sin asumir riesgos innecesarios.














