Con el aumento progresivo de las horas de luz y la llegada de los primeros pólenes, febrero puede marcar el inicio de un periodo sensible para muchos caballos.
Aunque la primavera aún no haya comenzado oficialmente, algunos caballos empiezan a mostrar signos tempranos de alergia ambiental: picor persistente, lagrimeo, secreción nasal leve o pequeñas lesiones dérmicas derivadas del rascado.
Las alergias estacionales pueden manifestarse a nivel cutáneo o respiratorio. En el primer caso, es habitual observar crines dañadas o zonas irritadas. En el segundo, aparecen tos leve, mucosidad o intolerancia al ejercicio. Detectar estos síntomas en fases iniciales permite actuar con mayor eficacia y evitar complicaciones cuando el polen alcance su punto álgido.
La gestión del entorno resulta determinante. Revisar la ventilación de las cuadras, valorar el tipo de cama —evitando materiales con alto contenido en polvo— y adaptar los horarios de salida al paddock en función de los niveles de polen son medidas sencillas que pueden mejorar la calidad de vida de los caballos. En aquellos que tengan antecedentes, también conviene planificar con el veterinario una estrategia preventiva individualizada.












