La amazona vasca ha dejado a sus caballos españoles en las mejores manos posibles y se prepara para instalarse en Argentina con un KWPN llamado Klinton. Su objetivo es competir en Gran Premio y, algún día, optar al título nacional y a los Juegos Panamericanos.
Hace unos meses Marian Villaverde tenía en su cuadra tres caballos españoles y una casa en el País Vasco. Hoy ha dejado estos caballos en las mejores manos, ha recorrido unos 700 kilómetros para vivir cerca su nuevo compañero y, en un plazo aproximado de dos meses, se trasladará a Argentina para entrenar con profesionales y dar el paso de amazona aficionada a amazona profesional de Doma Clásica. Lo hará con Klinton, un KWPN con el que ha empezado a construir un binomio de ensueño y que da nombre, junto a ella, a un proyecto llamado LV Equestrian.
Villaverde asume que el reto es grande. «Soy consciente de que pasar de ser una amazona aficionada a intentar desarrollar una carrera deportiva profesional es un reto muy importante, especialmente cuando decides hacerlo a los 52 años», reconoce. Y añade enseguida: «Los sueños no tienen edad».
Una niña que no pudo montar
La historia empieza muy lejos de una pista. Villaverde creció en una familia humilde. Su madre se quedó viuda con cinco hijos cuando ella tenía siete años, y la equitación era un lujo completamente fuera de su alcance. Aun así, de niña soñaba con los caballos y, concretamente, con tener uno tordo. Ríe al recordarlo, porque con los años ha acabado eligiendo siempre caballos de capa oscura: «Los tordos no son precisamente mis favoritos».
El sueño tardó décadas en cumplirse. Fue a los 43 años, tras conocer a su marido, cuando se decidió a probar. Él sabía que era una ilusión antigua y la animó a dar unas clases para comprobar si le gustaba. Le gustó. «Con solo dos clases me compré mi primer caballo PRE, Mau», cuenta.
Mau era un caballo de mucha fuerza y mucho carácter, y Marian estaba todavía aprendiendo a sentarse. Más de una vez se puso a galopar por la pista sin que ella supiera cómo pararlo. De aquel comienzo accidentado salió, según Villaverde, una lección de valentía, de paciencia y de no rendirse.
Tres maestros y una vocación
La Doma Clásica llegó casi a la vez que Mau. Villaverde estaba en una hípica cuando vio a lo lejos a una amazona trabajando unos ejercicios que le parecieron de una elegancia extraordinaria. No sabía todavía cómo se llamaba aquello. «Solo podía pensar una cosa: «Eso es lo que quiero aprender a hacer yo»», recuerda.
Después de Mau llegó Mel, al que define como su caballo maestro. Con él descubrió la belleza de esta disciplina y la sensibilidad, y es el que más le ha enseñado desde el punto de vista técnico. El tercero fue Pandora, una potra que le mostró la nobleza y la generosidad que puede tener un caballo incluso siendo tan joven. «Los tres me han enseñado a entender la equitación desde perspectivas diferentes», resume.
El deseo de ir más lejos, explica, creció con cada caballo hasta que llegó el momento de rodearse de grandes profesionales y comprobar hasta dónde podía llegar en la Doma Clásica.
Klinton, el caballo que no buscaba
Para este nuevo nivel necesitaba un caballo centroeuropeo, y Villaverde empezó a probar. Su favorito era un Oldenburgo que se encontraba en Dinamarca. Dos días después de que se lo propusieran, le llegaron unos vídeos de Klinton. Estaba relativamente cerca y fue a montarlo, sin demasiado interés. «Klinton llegó a mi vida casi por casualidad», admite.
Viajó entonces a Dinamarca para probar al Oldenburgo y la jornada fue magnífica. «Me fascinó y terminé el día completamente ilusionada», dice. Pero a la mañana siguiente, después de dormir, tenía la convicción nítida de que Klinton era su caballo.
Cuando buscó el porqué, lo entendió. Klinton reunía fuerza, belleza, elegancia y una nobleza extraordinaria, y además juntaba en un solo animal lo que había querido de cada uno de sus tres caballos españoles: el carácter de Mau, la sensibilidad de Mel y la nobleza de Pandora. A eso se sumaban una potencia y unas cualidades deportivas que le abrían la puerta a otro nivel. «A veces el caballo que estás buscando no es el que inicialmente te enamora, sino aquel que, cuando te alejas, descubres que no puedes dejar de pensar en él», dice.
Preparación física y una mudanza de 700 kilómetros
Antes del traslado a Argentina, Villaverde ha reorganizado su vida para montar a Klinton todos los días y empezar a conocerlo. Es el tiempo en el que quiere aprender a entenderse con él y a construir binomio. «No se trata solamente de tener un buen caballo, sino de aprender a trabajar juntos», explica.
En paralelo se prepara como lo haría cualquier deportista. Trabaja con entrenadores personales la fuerza, la resistencia, el equilibrio y la condición física, y sigue con fisioterapia para recuperarse de una lesión de hombro. Su objetivo es llegar con fondo suficiente a los entrenamientos. Subraya que lo hace por exigencia deportiva, no por una cuestión de edad. La Doma Clásica pide esa preparación a cualquiera que aspire a competir a cierto nivel.
Objetivos sin atajos
En Argentina el primer trabajo será adaptarse al entorno, afianzar el entendimiento con Klinton y definir con sus entrenadores un programa de entrenamiento y competición. Debutará en pista cuando ellos lo consideren oportuno y subirá de nivel de forma progresiva.
A largo plazo, los sueños son altos. Villaverde aspira a pelear algún día por el título de campeona de Argentina, a trabajar para llegar a los Juegos Panamericanos y a competir en Gran Premio con Klinton. Es consciente de lo que implica ese nivel, que exige años de preparación y disciplina. «No quiero ponerme plazos irreales ni adelantar etapas», asegura.
Y su meta: «Mi verdadero objetivo no es simplemente llegar al Gran Premio, sino convertirme en la amazona que Klinton necesita para que algún día podamos intentar llegar allí juntos».
Qué hay detrás de las dos letras
El proyecto se llama LV Equestrian. La L es de Lapschies, el apellido de su marido, y la V de Villaverde, el suyo. Él fue quien la animó a subirse a un caballo por primera vez y quien la ha acompañado desde entonces en los viajes, en la búsqueda de caballos y en las decisiones importantes. «Aunque soy yo quien se sube al caballo, este sueño no lo estoy construyendo sola», afirma.
La marca nace, dice, para dar identidad a un camino que acaba de empezar, no para presumir de éxitos que aún no tiene. Pretende contar el proceso desde el principio, con los entrenamientos, los avances y también los días difíciles. Eso sí, sin que la protagonista sea ella: quiere que el caballo tenga su lugar. «Él es el artista», repite a menudo.
Su madre, hoy de 83 años, está pensando en viajar a Argentina para verla montar a Klinton. Es una imagen que Villaverde lleva muy presente. «LV Equestrian no nace de una medalla, de un campeonato ni de un reconocimiento deportivo», concluye. «Nace de una ilusión, de mucho amor por los caballos y de la decisión de una mujer de 52 años de atreverse, por fin, a perseguir su sueño hasta donde sea capaz de llegar».
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