Detrás de cada binomio que entra en pista hay muchas horas de trabajo por detrás. Madrugones, viajes, cuidados y una conexión que muchas veces pasa desapercibida para el público. En ese engranaje de este nuestro deporte aparece la figura del groom, una profesión exigente y vocacional que requiere compromiso absoluto con el caballo.
Judit Sánchez conoce perfectamente esa realidad. Lleva una década dedicada profesionalmente al cuidado de caballos de competición y actualmente desarrolla su trabajo viajando por distintos países, viviendo la hípica desde dentro de algunas de las estructuras internacionales más exigentes. Su historia empezó desde muy pequeña, cuando los caballos ya despertaban en ella una fascinación especial.
“Siempre me fascinó todo lo relacionado con el caballo. La única experiencia cercana que tenía era ver a mi abuelo trabajando en una finca, pero con los años decidí que quería que esto formara parte de mi vida diaria. Hoy puedo decir que dedico el cien por cien de mi vida a ello”, explica.
Sus comienzos llegaron hace diez años, combinando inicialmente el trabajo pie a tierra con la monta. Una etapa en la que fue descubriendo poco a poco la dimensión real de la profesión y todo lo que implica trabajar en estructuras deportivas de alto nivel.
“Al principio, groomear era una forma de aprender más sobre el caballo, no solo desde arriba montando. Con el tiempo, esfuerzo y muchas ganas, pasó de ser algo que podía llegar a ser a convertirse en mi profesión”.
Trabajar a nivel internacional le ha permitido ampliar conocimientos y conocer sistemas muy diferentes de manejo y preparación deportiva. Judit destaca el nivel de detalle y exigencia que existe fuera de España en cuanto al cuidado del caballo de competición.
“Aprendes muchísimas formas distintas de trabajar, productos, rutinas y maneras de manejar al caballo. Todo está muy focalizado en optimizar su rendimiento y mantenerlo siempre en el mejor estado posible. Es una avalancha constante de aprendizaje”.
Aun así, cuando mira hacia la hípica española desde fuera, lo hace con cariño y cierta nostalgia. La define como un entorno más cercano y familiar, aunque reconoce el crecimiento y la evolución que ha experimentado en los últimos años.
“La palabra que mejor la define para mí es hogareña. Todo es más cercano, más familiar. Hay cuadras muy buenas en España y estructuras que han incorporado métodos internacionales, pero fuera tienes competiciones de alto nivel prácticamente cada semana. Aquí quizá hay menos volumen, aunque tenemos algo muy importante: mucha producción de caballo joven. Y eso es clave para el futuro”.
Más allá de la competición, Judit pone el foco en la relación diaria con el caballo. Para ella, esa conexión es una de las partes más importantes de la profesión y también una de las más especiales.
“Es fundamental crear vínculo con ellos. No son máquinas. Hay que entenderlos, conocerlos y saber lo que les pasa casi sin hablar. Paso mucho tiempo con mis caballos, me gusta jugar con ellos, mimarlos y demostrarles que tienen alguien que está ahí para protegerlos”.
Esa sensibilidad hacia el caballo también le ha enseñado a entender que cada uno tiene su propia personalidad y sus propios tiempos.
“Cada caballo es un mundo. Igual que nosotros tenemos días buenos y malos, ellos también los tienen. A veces es más importante ceder y escuchar que forzar. Cuando tienes un caballo feliz, tienes un caballo que quiere ayudarte y darlo todo”.
La profesión, sin embargo, también tiene una cara dura. Vivir constantemente viajando, lejos de casa y adaptándose a nuevos países y rutinas no siempre resulta sencillo.
“Sales de tu zona de confort completamente. Pasas muchas noches sin dormir, echas de menos a tu gente y hay momentos duros. Hoy estás aquí y mañana en otro país distinto. Pero también merece muchísimo la pena por todo lo que vives, aprendes y conoces”.
Entre todos los recuerdos acumulados en estos años, hay uno que guarda con especial cariño: una Copa de Naciones disputada en Grecia junto a Sligo Hard Times, un caballo que marcó su carrera y con el que vivió uno de sus primeros grandes momentos internacionales.
“Fue mi primera Copa de Naciones y lo recuerdo como el viaje de mi vida. Ese caballo me enseñó muchísimo y me dio algunas de las mayores alegrías que he vivido en este deporte. Vivir aquello siendo tan joven fue algo muy especial”.
Después de tantos años entre cuadras, concursos y viajes, Judit tiene claro que los caballos siguen enseñándole algo nuevo cada día, tanto a nivel profesional como personal.
“Me han enseñado paciencia, constancia y delicadeza. A entender que las cosas hechas con calma y cariño llegan mucho más lejos que las hechas desde la brusquedad. Y sobre todo me han enseñado que esto es un trabajo constante”.
Para ella, dedicar su vida a este mundo va más allá de una profesión.
“Lo significa todo. Es mi trabajo, mi pasión, mi forma de vida y también mi lugar de escape. Todo lo que hago, lo hago pensando en los caballos y en intentar mejorar cada día por ellos”.














