La Federación Ecuestre Internacional ha puesto el foco en una de las razas más emblemáticas del patrimonio ecuestre europeo: el poni Highland.
A través de un reportaje publicado en RIDE, la plataforma editorial de la FEI, se da a conocer la historia del stud Kinclune Highland Ponies, situado en el corazón de Angus, en Escocia, y gestionado por Marguerite y Virginia Osborne, madre e hija, que llevan décadas dedicadas a la conservación de esta raza autóctona.
El reportaje presenta a los ponis Highland como mucho más que animales de trabajo o deporte. Son descritos como un auténtico legado vivo, fruto de generaciones de cría cuidadosa y de una estrecha vinculación con el entorno natural en el que se desarrollaron. Compactos, fuertes y seguros de sí mismos, estos ponis han sido tradicionalmente valorados por su resistencia, su buen carácter y su capacidad para moverse con solvencia durante largas jornadas en terrenos exigentes.
El stud Kinclune mantiene un grupo reducido y muy seleccionado, con apenas catorce ejemplares entre sementales, yeguas y potros, lo que permite un control exhaustivo de la genética y del bienestar de los animales. Marguerite Osborne comenzó su propio proyecto de cría en 1982, tras heredar ponis de su padre, y en 2020 el stud quedó formalmente registrado bajo el nombre familiar, dando paso a una nueva etapa en la que Virginia representa la continuidad generacional.
Uno de los grandes retos que afrontan es el propio de cualquier raza minoritaria: garantizar la diversidad genética sin perder los rasgos que definen al poni Highland. En este sentido, la introducción reciente de un nuevo semental busca reforzar la línea, siempre manteniendo el compromiso con ejemplares fieles al tipo racial, con movimientos libres y funcionales. Aunque el mercado actual tiende a priorizar animales de alto rendimiento deportivo, en Kinclune se apuesta por preservar las cualidades históricas que hicieron indispensable a esta raza en las colinas escocesas.
La vida diaria de los ponis transcurre en régimen extensivo durante todo el año, en manada y en su entorno natural. Aquellos destinados a la competición combinan el trabajo bajo silla con tareas propias de la finca, compartiendo espacio con ganado, lo que refuerza su carácter equilibrado y su adaptabilidad. El trabajo de preparación para concursos se realiza de forma progresiva, respetando los tiempos del animal y su desarrollo físico.
Para Marguerite, hay un ejemplar que encarna a la perfección el espíritu del poni Highland: una yegua llamada Rhianna, a la que describe como fuerte, con buena estructura ósea y una presencia que resume la esencia de la raza. Más allá de la conformación, destaca valores como la inteligencia, la amabilidad y la disposición al trabajo, cualidades que siguen siendo esenciales hoy en día.
El reportaje concluye señalando el impacto que estos animales tienen también en quienes los visitan. Marguerite y Virginia confían en que quienes conocen a sus ponis no se lleven solo fotografías, sino una experiencia que conecte con la historia, el paisaje y la tradición ecuestre de Escocia.














