Hay jinetes que solo saben mirar hacia adelante, al siguiente resultado; y hay entrenadores que pasan las horas desgranando procesos. Juan Manuel Gallego pertenece —con naturalidad— a las dos categorías. Colombiano de origen, asentado muchos años en circuitos internacionales y ahora compitiendo también bajo bandera española, Gallego ha construido una carrera doble: la de quien sigue buscando el mejor salto y la de quien acompaña a otros jinetes a encontrar el suyo. Y lo hace con una premisa clarísima: saber cuándo toca montar y cuándo toca bajar del caballo para mirar pie a tierra.
Ese gesto es, quizá, lo que diferencia a un buen profesional de un gran profesional. Hace unos meses, en el WEC Ocala Summer Series, por ejemplo, Gallego no compitió para centrarse solo en sus alumnos. “Esta semana estuve solo acompañando a Wilton y Andressa. Lo mejor de esto es que te puedes enfocar y dedicarte al 100% a ellos”, contó entonces. Para él, esa elección no es renuncia; es inversión.
Dos cerebros, dos ritmos
Competir y entrenar exigen mentalidades distintas. Cuando se sube a la silla, la urgencia es técnica y emocional: medir los tiempos, los ritmos, sentir al caballo. Cuando se entrena, la urgencia es pedagógica: leer procesos, ajustar tiempos de recuperación para el binomio, diseñar ejercicios que permitan al jinete y al caballo construir una buena progresión.
Gallego lo sintetiza con una frase: “Mi sistema es sencillo: trabajar mucho las bases.” Juan Manuel tiene una capacidad excelente para traducir la complejidad del alto rendimiento en pasos concretos que cualquier binomio puede practicar. Como jinete de élite, entiende la presión de la pista. Como entrenador, la usa para educar, no para forzar. Esa dualidad le permite saber cuándo subir y cuándo bajarse del caballo sin dramatismos: el objetivo no es rellenar calendarios, sino optimizar trayectorias.
La experiencia de Gallego como competidor le da un capital difícil de aprender en los libros: sensibilidad para detectar pequeñas señales en el movimiento, intuición para anticipar compensaciones y honestidad para preguntarse primero “qué estoy haciendo mal yo” antes de acusar al caballo. Lo dice con naturalidad: “Cuando algo no anda bien, somos los jinetes los que no estamos entrenando en la dirección correcta. Trato de ver qué no estoy haciendo bien antes de excusarme en el caballo.”
Esa autocrítica profesional es una lección que traslada a sus pupilos. No se trata de regañar por fallos puntuales; es enseñar a observar, a interpretar y a corregir.
Construir versus mantener
Una de las claves del entrenador moderno es comprender el ciclo de competición. En tours —esas semanas en las que los concursos se encadenan— la prioridad suele ser mantener, no construir. Gallego lo explica con pragmatismo: antes del tour se hace el trabajo duro; durante la competición se administra. Eso implica aprender a tomar decisiones: bajar la carga, reservar para el objetivo real o incluso no saltar para no arriesgar la condición del caballo.
Ese tipo de decisiones solo las puede tomar quien conoce íntimamente ambos roles. El jinete que no ha pasado por largas semanas de competición rara vez prioriza a largo plazo; el entrenador que no compite no siempre comprende la ansiedad del minuto antes de entrar a pista. Gallego maneja ambas perspectivas: sabe lo que se siente y también lo que conviene.
La formación como acto de acompañamiento
Para Gallego, entrenar también es cuidar todos los procesos de manera integral. Lo hace en la pista y en la cuadra: observa la alimentación, la interacción con los grooms, la labor del herrador y del veterinario. “El bienestar del caballo es lo más importante en todos los sentidos: desde el trabajo del herrero, el veterinario y el groom”, ha insistido. Esa visión define la forma en la que organiza las semanas y prioriza tareas.
También recomienda coachs mentales, calienta con rutinas prácticas antes de la prueba para relajar al binomio y valora el rol del jinete como gestor de su propia carrera.
El valor de la observación y la paciencia
Quizá el rasgo que más destaca en su perfil híbrido es la paciencia. Entrenar exige repetir, fallar y volver a intentar; competir exige valentía en el momento. Gallego conoce ambos tiempos y los respeta. Con Anniela González, por ejemplo, trabajó desde mediados de 2024 un plan estructurado de preparación que llevó al binomio a competir con solvencia en los Juegos Centroamericanos 2025.
Competir o entrenar no son caminos opuestos sino complementarios. Y hoy en día pocos lo hacen con la naturalidad, la honestidad y la eficacia con la que lo hace Juan Manuel Gallego.














